COMENTARIOS DE ALUMNOS DEL CURSO 
“HABLAR EN PÚBLICO Y COMUNICAR CON EFICACIA”, DE PACO GRAU

Cada vez que termino uno de mis cursos de "Hablar en público y comunicar con eficacia", paso un cuestionario a mis alumnos para que valoren distintos conceptos y pongan un comentario sobre lo que más les ha gustado del curso. Aquí he recogido algunos de los muchísimos comentarios positivos que me han hecho en estos últimos meses y que les agradezco de corazón porque me motiva muchísimo para seguir tratando de ayudar a quienes confían en mí y en mi capacidad para motivarles y enseñarles.

Los alumnos escriben: "Me ha gustado especialmente..."


La pasión con la que transmite el profesor y la multitud de ejemplos prácticos que son como pequeñas perlas.

Los constantes ejemplos y anécdotas que cuenta el profesor. Que se graben los ejercicios prácticos de hablar en público.

La gran capacidad de Paco Grau para comunicar. No sólo enseña a hablar en público, sino que también nos ofrece un modo de vida optimista y retador, que no nos quedemos parados, que seamos inquietos e inconformistas.

La naturalidad del método que utiliza Paco Grau y el interés que he adquirido por poder seguir aprendiendo a hablar en público.
La capacidad de comunicar, ¡¡envidiable!!, del profesor, Paco Grau. Capta la atención de todos los alumnos, algo difícil de ver en otros cursos. Es simpático y conocedor de sus exposiciones; pero, sobre todo, con interés de motivar a los alumnos para que se animen a practicar el hablar en público y así lograr su mejora.
Me ha gustado todo el curso: la teoría, los consejos prácticos, los ejercicios de hablar en públlico, las anécdotas que cuenta Paco

Aprender a ser capaces de controlar nuestras emociones al hablar en público.

Las historias que contaba Paco Grau. Son muy instructivas.

Todo lo que hemos comentado entre los participantes en el curso. Ha sido un curso muy práctico.

La dinámica general del curso sobre hablar en público. Las prácticas combinadas con explicaciones teóricas, y todo bastante personalizado con consejos particulares.

La multitud de ejemplos que ha puesto el profesor Paco Grau sobre cada cosa que explicaba.

Me ha gustado todo el curso en general.

Todo el curso me ha encantado. ¡El profesor es extraordinario!

Me han gustado mucho los ejercicios prácticos y verme grabado en vídeo.

Ha sido el mejor curso que he hecho en toda mi vida: divertido, ameno, útil… ¡Muy útil! Fabuloso el profesor, Paco Grau: entrañable, humano y profesional.

El lado práctico del curso, su utilidad profesional e incluso personal. ¡Me ha encantado hacer este curso sobre hablar en público!

La experiencia del profesor es lo que más me ha gustado de este curso.

La naturalidad y la cercanía del profesor. Me ha ayudado a superar mis vergüenzas y mi timidez a la hora de hablar en público.

La capacidad del profesor de intercalar ejemplos claros o vivencias. ¡Estupendo!

La narración de las anécdotas, la motivación con la que Paco da la clase, sintiendo lo que dice.

Las anécdotas, bromas, historias, etc. Las citas y los ejemplos que pone.

La forma en la que Paco se ha adaptado a cada uno de nosotros en lo que necesitamos.

Me ha encantado todo. Lo ameno  que ha resultado el curso.

La profesionalidad, la personalidad y la experiencia de Paco Grau. El buen ambiente con los compañeros.

Las prácticas, los trucos de motivación personal y los consejos técnicos (vocalización, respiración, etc.) para hablar en público de forma eficaz.

La actitud del profesor, su positividad, su ánimo, cultura y apoyo sistemático.

EL RIGOR EN LA UTILIZACIÓN DEL TIEMPO, REQUISITO PARA UN BUEN ORADOR

Cuando preparamos una intervención para hablar en público, ya sea una conferencia, una charla, una presentación, una ponencia o un discurso, una de las principales cosas que debemos hacer, si queremos ser buenos oradores, es ser rigurosos con el tiempo que vamos a dedicar a exponer nuestras ideas. No debemos olvidar que el tiempo que vamos a estar hablando es tiempo de los demás, de quienes nos escucharán. Nos prestan esos minutos (o esas horas) para que les transmitamos determinadas ideas que, se supone, ellos están interesados en conocer; por eso estarán en el lugar donde nos encontraremos con ellos, con nuestro público, para escucharnos.

Esa fase de preparación del discurso es vital para que, luego, nuestra intervención sea un éxito. Sin una buena preparación las dudas y las inseguridades nos asaltarán, llenando nuestra cabeza de sensaciones negativas. En cambio, una buena preparación del discurso nos aportará seguridad, confianza en nosotros mismos e incluso deseos de afrontar ese momento en que nos pondremos delante de nuestro público dispuestos a exponer nuestra ideas.

Y dentro de esa fase de preparación, uno de los aspectos fundamentales que debemos tener en cuenta es el tiempo que se nos ha asignado por la organización del evento, o bien el tiempo que nuestro sentido común y nuestra prudencia, siempre grandes consejeras, nos indicarán que es el adecuado:: dos minutos, cinco, diez, veinte, media hora... El que sea. 

Una vez tenemos claro el tiempo que debe durar nuestra intervención, y una vez tenemos claro el contenido de lo que vamos a decir en ella, debemos ser muy rigurosos en la organización y distribución de esos contenidos en los minutos previstos. 

Imaginemos que disponemos de diez minutos para presentar el proyecto de un nuevo producto o servicio. Lo lógico será que asignemos, por ejemplo, un minuto para la introducción y para hablar de los orígenes de ese proyecto: cómo se gestó, de dónde partió la idea, quién decidió ponerlo en marcha, etc.; pero, ¡atención!: ¡Un minuto! Por tanto, debemos aplicar máximo rigor; es decir: ceñirnos en contar lo esencial que quepa en esos sesenta segundos y nada más. No deberemos ser demasiado prolijos en contar detalles que no sean esenciales para hacer una buena entrada y para entender esos orígenes del proyecto, resistiendo la "tentación" de hacer demasiadas digresiones que nos harían perder el estricto sentido de ser claros, concretos, concisos y completos, cualidades que debe tener cualquier discurso.

A continuación, asignaremos, por ejemplo, dos minutos a explicar cómo hicimos un análisis del mercado y de la competencia y de las posibilidades de penetración de nuestro producto o servicio, así como el presupuesto de inversión inicial y la forma de financiación prevista. Pero, no lo olvidemos, ¡dos minutos!.

Una tercera fase podría ser el núcleo de nuestra intervención: cómo hemos diseñado el desarrollo de ese proyecto en función de todo lo anterior, así como la explicación del proyecto en sí, con sus características y cualidades. Como es natural, esta parte de nuestro discurso debe tener asignada la mayor parte de la intervención; por ejemplo, cinco minutos... pero ¡cinco minutos!

Y los últimos dos minutos, para completar esos diez previstos, los dedicaremos a desmenuzar las previsiones de penetración en el mercado, cuota de ventas que podremos alcanzar en un plazo de tiempo y retorno de la inversión inicial a través de los beneficios previstos en determinados años. Y terminaremos con un buen final de cierre contundente, que ocupará los últimos quince segundos. Pero este último bloque ocupará, con rigor máximo, tan sólo ¡dos minutos!

En definitiva, si hemos sido rigurosos en la distribución de los contenidos en los distintos bloques indicados, habremos ofrecido una información completa en nuestra presentación y no habremos sobrepasado el tiempo previsto, que era de diez minutos, tiempo suficiente para desarrollar lo esencial de cualquier proyecto.

El rigor en la utilización del tiempo, no lo olvidemos, es uno de los requisitos imprescindibles para todo buen orador. Una virtud que, por desgracia, en España no abunda.






EL PRÍNCIPE FELIPE PUEDE SER UN BUEN EJEMPLO DE ORADOR

He analizado en esta ocasión el discurso que el Príncipe Felipe pronunció el viernes en la entrega de los premios Príncipe de Asturias. Pero no en cuanto a su contenido, que básicamente fue una llamada al optimismo y un repaso de las virtudes de los premiados, sino en cuanto a las formas, siempre imprescindibles para apoyar adecuadamente la solidez de unas ideas brillantes expresadas al hablar en público.

En el enlace que aquí reproduzco se puede seguir el discurso en su totalidad. Su duración, 26 minutos, no es excesiva para un acto de este nivel de solemnidad y, menos, pronunciado por su principal protagonista, el Príncipe de Asturias, titular de los premios: http://www.rtve.es/alacarta/videos/premios-principe-de-asturias/discurso-integro-don-felipe-premios-principe-asturias-2013/2099712/

Lo primero que llama la atención es la utilización del teleprompter por parte del Príncipe. Se trata de un sistema que permite leer el texto en dos pequeñas pantallas transparentes situadas delante de él, una a su derecha y otra a su izquierda, de forma que parece que mira al público cuando, en realidad, está mirando a la pantalla. El príncipe ya utilizó este sistema en septiembre, en Buenos Aires, en la defensa de la candidatura olímpica de Madrid. La primera vez fue en la primavera pasada, con motivo de la presentación de esa candidatura ente el Comité Olímpico Internacional. Este recurso de ayuda para pronunciar un discurso es habitual entre grandes lideres políticios y económicos. De hecho, Obama lo utiliza con frecuencia.

Por cierto, el príncipe estuvo entrenándose y ensayando el discurso con el teleprompter en el propio Teatro Campoamor la noche anterior al acto institucional. Es lo que debe hacer cualquier profesional que vaya a hablar en público: preparárselo a conciencia, no sólo en su contenido sino en la forma en que va a pronunciar el discurso y en la utilización de los elementos auxiliares que va a utilizar. Por desgracia, en demasiadas ocasiones los profesionales españoles confían demasiado en el "ya saldrán las cosas". Y, claro, muchas veces salen fatal por falta de preparación,

La anécdota de esto fue que en un momento del discurso, en el minuto 16, cuando estaba alabando al golfista Olazábal, el sistema del teleprompter dejó de funcionar y el príncipe tuvo que seguir pronunciando su discurso leyendo sus papeles. A partir de ahí se le ve cómo tiene que bajar constantemente la mirada a los papeles sobre el atril aunque, la verdad, lo hizo con bastante soltura, esforzándose por mirar lo más posible al público. Se le nota entrenado. Muy bien. En el minuto 20'30" parece que el sistema del teleprompoter volvió a funcionar y el príncipe pudo seguir leyendo en las pantallas y manteniendo la mirada alta.

La verdad es que apenas se notan unos segundos de silencio, sobre todo en el minuto 18, cuando iba a referirse al pueblo gallego de Androix, pero el príncipe no se arredra y sale del atolladero sin problemas. Sin disculparse, sin dar explicaciones, como si tal cosa, siguió pronunciando su discurso y el incidente pasó desapercibido para la mayoría de los presentes y, por supuesto, de los televidentes que lo estuvieran viendo en directo por televisión. Es otra de las cosas que digo en mis cursos: cuando tropieces, no des explicaciones, y menos en un acto solemne. En  un discurso informal podría incluso hacerse alguna broma utilizando el incidente y riéndose el orador de sí mismo, sin sentirse ridículo ni hundido en la miseria. Como suelo decir: ¡Nunca pasa nada!

Pero, sigamos con las formas que el príncipe Felipe mostró en su discurso. Como ya he dicho, mantenía la mirada "en el público". Sonreía suavemente cuando tocaba hacerlo, miraba a los premiados y hasta les señalaba levemente con la mano cuando se refería a ellos, transmitiendo cariño y admiración, no sólo con "lo que decía" (sus palabras) sino con "cómo lo decía" (la emoción que transmiten la entonación y el ritmo).

Otra cosa muy buena que hace el príncipe Felipe en este discurso: dice varias veces "Les damos la enhorabuena", en vez del manido y horrible, tan repetido por todos, "Quiero dar la enhorabuena...". A mis alumnos les suelo decir que no digan "Quiero agradecer...". Si quieres agradecer -les digo- pues agradece. O sea, que no usen un infinitivo  y una perífrasis tan fea, sino que utilicen con toda sencillez y de forma directa un presente de indicativo, como hizo aquí el príncipe.

ALGUNOS PREMIADOS NO SABÍAN ESTAR

Por cierto, algunos de los premiados no saben estar en un acto tan solemne como el de la entrega de los Premios Príncipe Felipe. Algunos están espatarrados, otros con las piernas cruzadas. Y, sobre todo, el escritor Antonio Muñoz Molina que mantiene una actitud totalmente displicente, como si estuviera en una cafetería (minuto 1`20"), dejado caer en su sillón, con las piernas ostensiblemente cruzadas, una mano dejada caer entre ellas, la otra tapándose la boca y la mirada perdida hacia el suelo del escenario, sin mirar en ningún momento al príncipe, ni siquiera cuando éste glosaba las virtudes del novelista (minuto 11'50"). Alguien puede decir que es un gesto de timidez, pero desde luego es un gesto de descortesía y una grosería no mirar siquiera a quien está diciendo de ti frases tan positivas y elogiosas.

No hay más que compararlo con la sencillez y amabilidad que transmite la imagen de José María Olazábal, que no deja de mirar al príncipe con gesto emocionado mientras habla de él (minuto 14'56"), e incluso le dedica alguna ligera sonrisa de agradecimiento y algún leve asentimiento con la cabeza cuando el príncipe le da las gracias por sus triunfos.Tomen nota, por favor, los que escuchan hablar en público a su jefe, a su presidente, a su director general, o a cualquiera: mírenle con gesto atento, no se dediquen a hablar con el de al lado, ni a atender a los mensajes de su móvil ni a mostrar cualquier gesto ni actitud que dé a entender a quien les vea y al propio orador que no le están prestando atención. Es una grosería imperdonable.

El príncipe Felipe no gesticula mucho, pero es lo adecuado en un personaje y en un acto tan institucionales. No obstante, llevado de su soltura y de lo relajado que demuestra estar, en uno de sus poco gestos golpeó levemente uno de los micrófonos. Se le puede perdonar, como le podemos perdonar algún gallito que le sale de la garganta al hablar, un problema suyo endémico, así como algunos pequeños fallos de pronunciación y articulación, no más de tres o cuatro,. que evitan que califique este discurso como de matrícula de honor, ya que ensombrecen lo que podría haber sido un modelo perfecto de ejecución de un discurso institucional, con un buen uso del ritmo, de las pausas y de la entonación de sus palabras, como ya he escrito más arriba,

Y termino con el análisis de su aspecto personal. Creo que todos estarán de acuerdo en que la imagen del Príncipe Felipe es impecable: alto, delgado, con buena planta, bien parecido, elegante y bien vestido. Además, lleva una ligera barba, lo que ahora vuelve a estar de moda. Transmite una imagen muy positiva, con la que se puede identificar cualquiera. El cuidado de la imagen personal es algo fundamental para un líder, pero también para todo el que pretenda transmitir atracción y que quiera cautivar al hablar en público.

En conclusión, son bastantes más las cosas positivas que las pocas negativas que se observan en el príncipe en este discurso institucional. Ojalá muchos personajes públicos tomaran  buena nota de todo lo que aquí he comentado. Ganarían en eficacia a la hora de comunicar cuando hablan en público. Cualquiera que se entrene adecuadamente puede llegar a hacerlo igual o mejor que él. Todo es cuestión de tomárselo en serio.











EL PRESIDENT FABRA NO CONSIGUE COMUNICAR

El jueves 9 de octubre el presidente de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra, en el Día de la Comunitat Valenciana, pronunció su discurso institucional que, como cada año, clausuró el acto de entrega de distinciones de la Generalitat.

No pude verlo en directo, pero hoy, tranquilamente, lo he visto y lo he  escuchado en el Canal GVA (http://canal.gva.es/#./player/dsp_player.cfm). El acto entero dura más de una hora, pero el discurso de Fabra empieza en el minuto 42'40" y termina en el minuto 63.

El caso es que, una vez más, Alberto Fabra se muestra como el primer día: sin capacidad para convencer con sus palabras, sin fuerza, plano, romo, monótono, aburrido, sin relieve. Así no puede hablar un líder. El problema es que eso lo piensa todo el mundo pero parece que nadie de los de su alrededor se atreve a decírselo. Flaco favor le hacen. Mantenerle engañado no les llevará a la victoria electoral de 2015. Pero, en fin, allá ellos. 

De entrada, Alberto Fabra quiso pronunciar el discurso en valenciano, que no es su lengua materna, lengua que, además, no domina. Recordemos las críticas que llovieron sobre la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, por haber pronunciado un discurso en inglés ante el Comité Olímpico Internacional, demostrando al mundo que el inglés le es ajeno por completo. Las redes se pasaron un montón con ella. Trató de hacerlo lo mejor posible y no podía más porque no sabía más. De acuerdo. Yo la disculpo. Pero un president de la Generalitat Valenciana tiene que hablar correctamente el valenciano, o expresarse en castellano, que para eso es la lengua co-oficial. A Fabra se le notaba demasiado que el valenciano no es su lengua materna y eso chirriaba a los oídos de cualquier ciudadano valencianohablante, a cualquier "valencà de poble".

De momento, yo le diría a su equipo de asesores que le enseñen que todas estas palabras que dijo se pronuncian con las vocales "e" y "o" abiertas; es decir, con un sonido que sale de la garganta con la boca un poco más abierta y, desde luego, con naturalidad. Yo tomé nota de unas cuantas: "por", "convivència", "nou", "poble", "un poble obert", "per això", "les cordes", "tirar per terra", "autonòmic", "força", "allò", "model", "historia"... Si no hablas valenciano, pídele a un valencià de poble que te las pronuncie y me entenderás. 

¡Ah! y, por cierto, no se dice "Gealitat", sino "Ge-ne-ra-li-tat", con todas las sílabas bien pronunciadas, sin prisa. A un director general lo tuve, él lo sabe bien, en unas sesiones de entrenamiento personal, practicando esta palabra que tanto repite un político valenciano, hasta que la dijo con soltura y pronunciada con todos sus sonidos: "Ge-ne-ra-li-tat".

Pero no sólo era ese el problema del discurso de Alberto Fabra ante autoridades e invitados. Uno de sus grandes problemas es que se limitaba a leer el discurso. He dicho "a le-er"; o sea, no "a decir", no "a comunicar sus ideas", no "a transmitir sus emociones"... (sus ¿qué?). Y alguien que no es capaz de transmitir emociones cuando habla en público no es un buen comunicador. No comunica. Se limita a "decir cosas". Por favor, díganselo al señor Fabra y tomen buena nota todos los políticos. Háganme caso, por favor: ¡COMUNIQUEN!, ¡no se limiten a decir cosas!

Y el señor Fabra, al limitarse a leer, no sólo empleaba un tono monótono y sin relieve (en eso, mira por dónde, se parece a su jefe Rajoy), sino que ¡apenas miraba al público! Y eso ya es la repera del mal orador. Al público hay que mirarle a los ojos, aunque sean muchos, transmitiendo con nuestra mirada toda la fuerza que llevan nuestras palabras. En el discurso del president no había ninguna emoción porque no había ninguna frase dicha con fuerza, con energía, con el volumen algo más alto, con la mirada clavada en el público, con un gesto adecuado con la mano, con una repetición retórica, después de una pausa bien marcada. ¡Así debe comunicar un buen político, un buen líder! 

Y así debe comunicar cualquiera que quiera conquistar al público mediante las palabras. Claro que en España muchos piensan que eso no es importante. Así nos va en comparación con los anglosajones. Pero no debemos olvidar que, como ya Cervantes le hacía decir al Quijote: la forma en que decimos las cosas "son mensajes ciertos de lo que allá en el interior del alma pasa". Y, como me gusta repetir en mis cursos, Bernbach, padre de la revolución creativa de los años 60 y fundador de la famosa agencia de publicidad DDB, decía"Lo que mueve a la gente no es lo que dices, es la forma en que lo dices".
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HAY DEMASIADOS PEDORROS EN LAS TRIBUNAS PÚBLICAS

Nuestro objetivo cuando hablamos en público es que se nos entienda. Esa es una premisa fundamental para una comunicación eficaz. Pero en demasiadas ocasiones escucho a conferenciantes u oradores en general, para los que parece que su objetivo principal es reafirmar y manifestar públicamente su erudición, su sabiduría, su altísimo nivel de conocimientos, sus doctos análisis, impregnados de unas formas grandilocuentes, ausentes de sencillez y repletas de prepotencia, altivez y soberbia.

Esas personas, al hablar en público pronunciando una conferencia, por ejemplo, marcan desde el primer momento la distancia con quienes le escuchan. Lo hacen con su entonación, a veces engolada, con una mirada fría, sin sentimientos amistosos, con un aire, en general, prepotente, y con unos contenidos, en ocasiones, farragosos y difíciles de seguir y entender.

Dan por hechos los conocimientos de datos que no explican al público, de autores minoritarios, de obras que casi nadie ha leído, de datos históricos en general ignorados, de siglas sin explicar su significado y de términos técnicos que sólo ellos conocen entre los presentes, todo ello sin tener en cuenta a su público, que es en definitiva el destinatario de su mensaje, o que debería serlo; pero a quien no le llega ese mensaje porque el orador no ha sabido adaptarse al público que tiene delante.

El orador que se comporta de esa forma, dicho en términos coloquiales, "es un pedorro", expresión que, como dice el diccionario de la Academia de la Lengua, significa "persona tonta, ridícula o presuntuosa". Así pues, debemos convenir en que hay demasiados "pedorros" en las tribunas públicas.

Por eso, cuando hables en público, revisa bien el contenido de tu discurso, de tu conferencia, de tu presentación. Piensa ante qué público vas a hablar. Ten claras las ideas y exprésalas con unas palabras que estés seguro de que todos los presentes te entenderán. Si sospechas que algún término técnico o algunas siglas, o algún personaje, no van a se conocidos por tu público, explícalo con brevedad y con sencillez. Desde luego, no digas aquello de: "Como sin duda sabrán ustedes...", o "Como todos ustedes saben...", porque es muy probable que no todos sepan, con lo que esas personas se sentirán mal al sentirse "ignorantes", además de no enterarse bien del mensaje y de sentir el distanciamiento con el orador. Por ejemplo, más arriba, al aclarar el significado del término "pedorro", podría haber escrito: "...según el diccionario de la R.A.E...."; pero he preferido escribir: "...según el diccionario de la Academia de la Lengua...", porque de esa forma me aseguro de que todo el mundo que lo lea lo entenderá, sin tener que interpretar o dudar del significado de esas siglas.

Y un último consejo por hoy: cuando tengamos que dar cifras siempre podemos redondearlas. Si pretendemos dar cifras con detalle es muy posible que a la tercera nuestro público se haya perdido en un mar de números. Por tanto, siempre podemos redondearlas con expresiones como: "Poco más de...", "Alrededor de..." o "Casi..." o "Cerca de...". Piensa en cualquier gran cifra, al azar, y comprueba que puedes aplicarle alguna de esas fórmulas de aproximación. Por ejemplo: "312.487 toneladas" pueden ser, en una conferencia o discurso: "Poco más de 300.000 toneladas"; "241.527 euros" siempre podrán convertirse, al redondear, en: "Casi 250.000 euros". Esos recursos ayudarán a que quienes escuchan retengan con más facilidad esas grandes cifras.

ES MARAVILLOSO CONTROLAR LA FORMA EN QUE COMUNICAMOS CON LOS DEMÁS AL HABLAR EN PÚBLICO

Cada día son más lo que se interesan por mis cursos. Cada día son más los que se dan cuenta de que es fundamental para cualquier profesional perder el miedo de hablar en público y aprender a controlar la forma en que pueden hacerlo con la máxima eficacia. Yo no me canso de repetirlo a quien quiera escucharme o leerme: ¡PUEDES SUPERAR EL MIEDO DE HABLAR EN PÚBLICO Y PUEDES APRENDER A COMUNICAR CON EFICACIA! No tienes más que quererlo de verdad y venir a uno de mis cursos, para que yo te enseñe cómo hacerlo. Te aseguro, te garantizo, que si quieres lo conseguirás. Te puedo contar cantidad de experiencias de alumnos míos que lo han logrado. ¿Por qué tú no? ¡Claro que puedes!¡Anímate! Y verás cómo mejoras en el ámbito profesional, pero también en el personal. Es maravilloso controlar bien la forma en que comunicamos con los demás al hablar en público.

En mis cursos, todo el mundo se lo pasa en grande. Se ríen, hacen ejercicios, aprenden, pasan vergüenza, la superan, rompen sus miedos, aprenden a mirar a la cara a sus interlocutores mientras les hablan sin temor, a la vez que aprenden a controlar su cuerpo, a respirar con tranquilidad, a dirigir su pensamiento y sus palabras hacia donde quieren llevarlos, sin dejarse arrastrar por ellos, siendo dueños y señores de su comunicación, sonriendo cuando el mensaje requiere de ese apoyo gestual, mostrando su gesto más serio cuando quieren transmitir gravedad, utilizando el humor de forma adecuada y prudente, sintiendo empatía con el público. Eso y bastantes cosas más ocurren en mis cursos. Los que ya lo han comprobado saben que no exagero cuando digo todo esto. Por eso lo recomiendan a sus conocidos.

El martes 15 de octubre empezará otro de mis cursos en Valencia. En el documento adjunto está toda la información de detalle. ¡Anímate a comprobar por ti mismo todo lo que digo!

ENSEÑAR INGLÉS ESTÁ BIEN, PERO ES NECESARIO EL "SPEAKING"

El otro día tuve una reunión con el director de un colegio. Estuvimos hablando de la conveniencia de impartir a sus alumnos mis enseñanzas sobre hablar en público y comunicar con eficacia, sobre oratoria y comunicación, tal como ya hago en otros colegios e institutos.

Afortunadamente, los responsables de colegios e institutos van dándose cuenta de que los niños y los adolescentes necesitan aprender a superar el miedo de hablar en público y también a ser capaces de expresar sus ideas con tranquilidad, con seguridad y con la máxima brillantez posible. De esa forma, cuando lleguen a la vida universitaria y al mundo profesional tendrán los conocimientos, la práctica y la experiencia suficientes como para afrontar con solvencia el compromiso de tener que pronunciar un discurso, exponer un trabajo, hacer una presentación, presentar una ponencia o dar una charla.

Como dice Marcos López en "Peques y Más", refiriéndose a este tema: "Cuanto antes empiecen a trabajar y a esforzarse con responsabilidad y confianza anticiparemos frustraciones posteriores de carreras profesionales que se bloquean, sufren desaprendizajes, no alcanzan los retos esperados o sufren caídas o insatisfacciones de las que no se recuperan.
Es muy importante dominar la escena, hablar en público, superar el miedo y enfrentarse a la audiencia. Cuando crezcan podrán además utilizar un micrófono, realizar presentaciones más complejas y en general dominar el arte de la comunicación". (http://www.pequesymas.com/desarrollo-social/los-ninos-deberian-aprender-a-hablar-en-publico-desde-pequenitos

Este suplicio por el que pasan a diario miles y miles de profesionales españoles no se habría producido si en su día hubieran recibido estas enseñanzas. Por eso, ahora, las nuevas generaciones de estudiantes necesitan que en sus colegios e institutos se tomen en serio las enseñanzas de hablar en público (el "speaking" de los colegios británicos y norteamericanos). Así, de alguna forma, nos equipararemos al mundo anglosajón, donde esto es algo consustancial a la vida estudiantil, de forma que no sólo aprenden,sino que lo practican con frecuencia como algo connatural a su formación integral. 

Los universitarios españoles que hacen su Erasmus en Gran Bretaña vuelven asombrados de la gran diferencia que hay entre ellos y sus compañeros británicos a la hora de exponer un trabajo en clase. Se admiran de la confianza, seguridad y naturalidad con la que sus colegas británicos exponen sus ideas de una forma clara, ordenada, coherente e incluso brillante. Pero, claro, los británicos, lo mismo que los estadounidenses, alemanes, holandeses, daneses, suecos, franceses o incluso italianos, han tenido las enseñanzas de oratoria como algo natural desde su infancia.

En España, por desgracia, todavía son demasiados los directores de colegios que consideran estas enseñanzas como algo accesorio y, por tanto, prescindible (lo mismo que ocurría hace veinte años con la enseñanza del idioma inglés). Y no se dan cuenta de que en la educación en España tenemos esta falta de formación como un estigma desde hace generaciones y, como no le pongamos remedio, lo seguiremos teniendo. A los escolares les enseñamos a leer, por supuesto, algo fundamental; les enseñamos a escribir, faltaría más; les enseñamos Lengua y Literatura, claro, claro; pero ¡no les enseñamos a hablar en público! Han aprendido a hablar, como un proceso natural, en su entorno familiar, escolar y social. Pero esa capacidad maravillosa del ser humano, la capacidad de hablar, no la orientamos hacia la capacidad de dirigirse con solvencia a un grupo de personas para expresar unas determinadas ideas. Pero ¿cómo es posible que haya tantos responsables de centros escolares que no se den cuenta de esta necesidad?

Me llama mucho la atención comprobar la obsesión que hay hoy en día en los colegios españoles por la enseñanza del inglés. Me parece bien. Es estupendo y necesario. En España también hemos llevado un retraso enorme en esta materia y por fin estamos poniendo remedio. Desde el mundo empresarial y universitario se ha venido clamando que un profesional sin una buena formación en inglés pierde muchas oportunidades de trabajo. Estoy de acuerdo. En ese sentido, el director del colegio con el que tuve la reunión me decía que todos los recursos de que disponen para la formación permanente del profesorado están destinados a mejorar su nivel de inglés porque "es una prioridad".  

Le dije que me parecía estupendo, pero le hice una reflexión: "El problema está en que es muy probable que aprendan muy bien el idioma de Shakespeare y, por tanto, sepan a la perfección qué hay que decir al inicio de una charla de presentación ante un grupo de británicos: "Good morning. On behalf of the director of our School, welcome to this international meeting..." El problema es si, como sé que le ha pasado a más de uno, la noche anterior no han podido dormir, presionados por la responsabilidad de tener que pronunciar esa charla, en inglés, ante un centenar de personas. No tanto por el inglés como por el centenar de personas, o tal vez por los dos motivos. Está bien que aprendan inglés, pero necesitan, como el español, saber hablarlo con soltura ante cualquier grupo de personas, sin miedo, con seguridad, con naturalidad y con solvencia. Que el idioma, las palabras, sean el instrumento para expresar sus ideas de la forma más eficaz posible. Y, para eso, necesitan aprender a hablar en público: los niños, los jóvenes, los profesores, los universitarios, los empresarios, los políticos y todos los profesionales de cualquier ámbito. El inglés está bien, pero es necesario el "speaking".