EN JUNIO, MÁS HORAS PARA HABLAR EN PÚBLICO

Después de más de 20 años impartiendo mis cursos de "Hablar en público y comunicar con eficacia", he tomado una decisión importante para mejorarlos: aumentar la duración del curso, atendiendo a una petición unánime de todos mis alumnos. Ahora, a partir de junio, serán de 30 horas, en vez de 20, con más ejercicios.

Al terminar cada curso le paso un cuestionario de valoración a cada uno de los asistentes para que valoren distintos aspectos, para que digan lo que más les ha gustado y para que hagan sugerencias.

Puedo asegurar que el noventa por ciento de mis alumnos me dicen siempre dos cosas: que lo que más les ha gustado han sido los ejercicios prácticos y que el curso debería durar más horas para hacer más ejercicios.

Les grabo en vídeo sus intervenciones ante el resto de alumnos y luego las vemos una por una y les hago un análisis detallado de todo lo que hacen mal, para que lo corrijan, y también de lo que hacen bien, para que lo potencien. Al principio les da mucha vergüenza, por el miedo que tienen a hablar en público, pero a todos termina gustándoles verse en la pantalla y comprobar cómo comunican al hablar en público.

Por todo lo anterior, cuando van cogiéndole el punto a todos mis consejos, tratando de incorporarlos a su forma de comunicar, el curso llega a su fin. Yo les digo que, a partir de ahí, tienen que practicar por su cuenta, privada y públicamente, aprovechando cada oportunidad, por ejemplo, para preguntar al final de una conferencia, aunque no les apetezca. Algo que suele costarle a la mayoría de los españoles, pero que es una pequeña pero interesante oportunidad para hablar en público durante treinta o cuarenta segundos, formulando una pregunta al conferenciante.

Empujado por esa demanda unánime de mis alumnos, he decidido aumentar las horas de los cursos que organizo cada mes en Valencia. A partir de ahora la duración será de 30 horas, en vez de las 20 actuales, con un grupo de un máximo de 12 alumnos. De esa forma, los asistentes a mis cursos podrán practicar a gusto y de forma suficiente todo lo aprendido.

El cambio empezará en junio, con los dos cursos que he organizado. La información detallada está en este documento:

EL GRAN EDUCADOR ¡¡INSPIRA!!



Los educadores necesitan aprender a comunicar con eficacia.
El miércoles terminé de impartir un curso a profesionales de la enseñanza pública en el CEFIRE de Alicante, el centro de formación del profesorado de la Generalitat Valenciana. Y el lunes empezaré otro similar en el CEFIRE de Valencia.
Todos los educadores que participaron estaban de acuerdo en la importancia que tiene que los profesionales de la enseñanza sean capaces de transmitir con la máxima eficacia sus enseñanzas. Y eso es lo que estuve enseñándoles a conseguir con su forma de hablar en público, no sólo en sus clases sino en todos sus actos de comunicación cuando dirigen unas palabras ante padres y madres o ante colegas.
Pero, sin duda, el acto de enseñar es el que requiere de una suprema calidad en la comunicación de las ideas

El educador no puede limitarse a vomitar un montón de ideas y datos a sus alumnos para que los retengan y luego los vomiten ellos en un examen escrito. ¡Eso no es enseñar! ¡Eso no es educar! Como dice un autor, y a mí me gusta repetir siempre a los enseñantes: 
"EL EDUCADOR MEDIOCRE HABLA, EL BUEN EDUCADOR EXPLICA, EL EDUCADOR SUPERIOR DEMUESTRA. EL GRAN EDUCADOR ¡¡INSPIRA!!"

AL HABLAR EN PÚBLICO DEBES INSPIRAR CON TUS PALABRAS

Estos días estoy impartiendo, de nuevo, uno de mis cursos sobre "Hablar en público y comunicar con eficacia" a profesionales de la enseñanza públlica: profesores y maestros de la provincia de Alicante. Se desarrolla en el CEFIRE de Alicante, el centro de formación del profesorado, de la Generalitat Valenciana.

Les insisto en la idea de que el maestro, el profesor, el educador, debe saber comunicar con eficacia a sus alumnos las enseñanzas que  les tiene que transmitir. Es imprescindible que lo haga así, si quiere hacer bien su trabajo; Y para ello, como le digo a todos mis alumnos, debe transmitir emociones con sus palabras. No puede limitarse a hablar, a verter en sus cabezas simples datos e información. No. Debe transmitirles la pasión por el saber, por el conocimiento, por la reflexión, por la profundización en el pensamiento. Debe saber transmitirles valores esenciales para su formación humana, para su formación intelectual, como el compañerismo, la solidaridad, el respeto, el amor por el diálogo, la valentía, la capacidad de esfuerzo, el sentido del humor, la alegría, la humildad, el rigor y el amor por el trabajo bien hecho, la sinceridad, la honestidad, la entereza, la fortaleza ante las adversidades, la tenacidad, el pensamiento creativo, la imaginación, el amor por los ideales nobles y los objetivos elevados... ¡la grandeza de espíritu!

Y todo eso, claro, el maestro, el profesor, el educador, debe saber transmitirlo con autoridad; es decir, con convicción personal, con el ejemplo, y no solo con palabras. Así, de esa forma, comunicará con eficacia al hablarles a sus alumnos. Seguro. Sus alumnos le escucharán y captarán la sinceridad y la profundidad de sus palabras, porque no serán solo sonidos huecos y vacíos, sino vida propia. Y el ejemplo, no cabe ninguna duda, arrastra.

Como dice el escritor estadounidense William Arthur Ward:

"El educador mediocre habla. El buen educador explica. El educador superior demuestra. El gran educador... ¡inspira!" 

EN MAYO, APRENDE A HABLAR EN PÚBLICO. APRENDE A SER LIBRE

El sabio griego Pericles (año 450 a. C.) dijo: "El que sabe pensar, pero no sabe expresar lo que piensa, está en el mismo nivel del que no sabe pensar·.

Deberíamos empezar por pensar si sabemos pensar, si sabemos reflexionar, que es la acepción del verbo a la que se refiere Pericles. Pero, claro, para pensar eso ya estamos pensando. Es decir, debemos saber reflexionar sobre un asunto, lo que significa concentrar nuestra mente en un tema, en una idea, en una realidad y, a partir de ahí, considerarla, contemplarla, analizar otras ideas de las que proviene, imaginar las consecuencias que se derivan de ella, compararlas, calibrar, reflexionar sobre nuestra adhesión o rechazo a esa idea, formarnos una opinión o tomar una decisión, etc., etc. Eso es pensar.

Quien no sabe pensar consideramos que es "un tarugo", una persona torpe, sin capacidad intelectual, incapaz de enfrentarse a una realidad y analizarla en sus distintos aspectos y desde distintos puntos de vista.

Por tanto, según Pericles, quien no sabe hablar en público está en esa misma situación de indigencia intelectual. Y, además, yo afirmo que, como dice un colega: "Quien no es capaz de hablar en público ¡no es libre!". Es evidente que es así, porque sus ideas se quedan encerradas en su mente como en una cárcel de la que no es capaz de hacerlas salir, formando palabras, creando frases que transmitan a los demás esas ideas.

Nadie discute que en España no se nos ha enseñado a hablar en público. Ni han enseñado los colegios ni ha enseñado la universidad. Y las distintas autoridades académicas de los niveles básico, medio y superior, deberían hacer examen de conciencia sobre si realmente enseñan a los estudiantes a pensar o más bien a superar una serie de pruebas con las que conseguir un título. En su mayoría, esos estudiantes no han desarrollado toda su capacidad para pensar, para reflexionar con calma y profundidad sobre cualquier realidad.

Nuestros estudiantes deberían desarrollar esa capacidad para pensar de verdad, para tener amor por el saber, para practicar la reflexión serena y, además, desarrollar también su capacidad para expresar sus ideas con palabras adecuadas, con seguridad en sí mismos, controlando los distintos resortes de lo que significa una comunicación eficaz al hablar en público.

De esa forma, con una capacidad de pensamiento bien desarrollada y una capacidad para expresar esos pensamientos mediante la palabra hablada, los profesionales que saldrían de las aulas al mundo laboral tendrían unos mayores niveles de competitividad, de los que tanto se dice que España debe conseguir elevar.

Llevo muchos años formando a miles de estudiantes y profesionales diversos y compruebo cada día que, cuando descubren que pueden mejorar su capacidad de comunicar con eficacia, se les abre un enorme panorama ante sus ojos y adquieren confianza en sí mismos lo que, sin duda, redunda en beneficio de su cualificación profesional. Mejoran sus aptitudes y mejoran sus actitudes. Quien es capaz de hablar en público sin importarle delante de quiénes ni de cuántos, es una persona libre porque puede expresar sus ideas con seguridad, con tranquilidad, con elocuencia y con capacidad de persuasión.

Por eso, para demostrar que no exagero, invito a quien quiera a que se inscriba en uno de mis cursos y comprobará que todo lo que digo es cierto. En Mayo  impartiré en Valencia dos nuevos cursos de hablar en público

EL TEXTO DE UN “DISCURSO” ES COMO UNA PARTITURA: DEBE ESCRIBIRSE CON EXACTITUD E INTERPRETARSE CON FIDELIDAD

 Para hablar en público, para ser un buen orador, se requiere una serie de cualidades fundamentales, unas habilidades que hunden sus raíces en la más antigua tradición oratoria y que anteceden a la pura exposición oral de las ideas.

El buen orador debe tener una buena base de conocimientos, debe poseer una gran riqueza de vocabulario y debe ser capaz de escribir con la misma brillantez y elocuencia con la que luego deberá ser también capaz de transmitir esas ideas a través de sus palabras.

Para tener una buena base de conocimientos, el orador debe leer, debe formarse a través de la lectura. No es suficiente con tener cuatro ideas acerca de la materia de que se trate, prendidas con ligereza y superficialidad en el cerebro. El buen orador consigue comunicar con eficacia al hablar en público cuando transmite autoridad; es decir, conocimientos sobre la cuestión que aborda en su “discurso” (charla, conferencia, ponencia, presentación, etc.).

Esos conocimientos se adquieren con la lectura, con el estudio, con la reflexión, con la comparación, con el razonamiento, con el análisis; es decir, con el esfuerzo intelectual. Si no es así, el orador transmitirá vaciedad, superficialidad, falta de rigor, y no será capaz de atraer las mentes de quienes le escuchan y, mucho menos, sus voluntades, caso de que sea ese el objetivo que persiga. Será un orador sin credibilidad porque no transmitirá autoridad.

Y esa lectura no deberá ser sólo técnica; es decir, referida a la materia de que se trate, sino que el buen orador debe leer buena literatura, buenos textos literarios que le doten de una gran riqueza de vocabulario y una gran habilidad para saber combinar esas palabras, lo que le resultará imprescindible para poder expresar con exactitud y precisión, e incluso con belleza, las ideas que quiera transmitir a su público.

Además, el orador, en la preparación de su “discurso”, debe ser capaz de ordenar todas las ideas, la información, los datos, las citas y los argumentos que haya acumulado en esa primera fase, de forma que los disponga de la forma más adecuada posible, con un sentido de unidad y claridad, al servicio del fin que persiga, decidiendo en qué momento formulará una determinada idea, en qué otro instante aportará tal dato y en cuál otro esgrimirá un oportuno argumento o citará las palabras de determinado autor como apoyo a sus ideas.

Y, cuando el orador lo tiene todo listo: los planos y  el material con el que construirá el edificio de su “discurso”, es cuando comienza a buscar las palabras concretas, a construir las oraciones gramaticalmente correctas, a hilvanar esas palabras en frases que expresen con fidelidad y expresividad las ideas que están en su cabeza; es decir, comienza a escribir el texto concreto de su discurso.

Además, debe ser consciente de que ese texto tiene como fin ser expuesto oralmente al hablar en público; por ello, procurará escribir con frases sencillas y cortas, bien hilvanadas, facilitando el seguimiento mental por parte de su público mediante la escucha activa y cuidando además la calidad fonética de esos vocablos, la eufonía, o belleza sonora de esas palabras, de forma que produzca placer escucharle.

El texto de un “discurso” es como una partitura. El compositor tiene en su mente creadora los sonidos que quiere estructurar para que suene la música tal como él la ha concebido. Para ello, utiliza el lenguaje musical (el solfeo); es decir, todo un conjunto de signos que, de acuerdo con una ortografía y unas reglas gramaticales y musicales determinadas, expresan exactamente lo que él ha concebido.

El intérprete musical, el pianista, el violinista, el cantante o el director de orquesta, “interpreta” esa pieza ejecutando con fidelidad todos los signos que encuentra en esa partitura. Si lo hace con exactitud, la obra musical sonará tal como el compositor la concibió aunque, como es lógico, el intérprete le dará su personalidad, su sello. Pero el compositor, por supuesto, deberá conocer perfectamente todos los elementos que necesita para componer una obra lo más bella posible.

Del mismo modo, el buen orador, para hablar en público con brillantez y capacidad retórica, deberá ser capaz de manejar perfectamente todos los elementos que la gramática pone a su disposición para ordenar esas palabras y esas frases elegidas al servicio de sus ideas, escribiéndolas con los signos de puntuación adecuados y exactos: los dos puntos, las comas, los punto y coma; ¡los signos de admiración!, ¿o de interrogación?, (los paréntesis), “las comillas”, los puntos suspensivos… y los puntos seguidos y aparte. De forma que, al ser interpretado ese texto oralmente, el efecto del discurso sea exactamente el que el “compositor” previó. Por eso me gusta decirle a mis alumnos que el texto de un “discurso” es como una partitura: debe escribirse con exactitud y debe interpretarse con fidelidad. 

Claro que el buen orador, para hablar en público, necesita además poner al servicio de ese buen texto unas cualidades esenciales, unas cualidades oratorias como son las referidas a su voz y a la comunicación paraverbal: timbre, vocalización, articulación, tono, volumen, ritmo, expresividad… Pero eso será tema para otro artículo.   

VE AL BAÑO Y SIGUE ESTOS CONSEJOS ANTES DE HABLAR EN PÚBLICO

En muchas ocasiones, quien se dispone a hablar en público dando una charla, pronunciando una conferencia o presentando un proyecto o una propuesta, no tiene en cuenta algunos detalles importantes que pueden ayudarle a sentirse más seguro y a controlar mejor la situación.

Por ejemplo, es muy típico que lleguen al lugar sin haberlo visitado antes o sin la antelación suficiente. 

Lo ideal es hacer una visita previa para conocer el lugar físico en el que vamos a tener que hablar en público. Las características físicas del salón o recinto pueden influirnos psicológicamente y hacernos sentir incómodos durante los primeros minutos o incluso durante toda la intervención, porque "no es como esperábamos". Es demasiado grande para el número de asistentes. O bien es demasiado pequeño y estamos todos incómodos. O es un lugar poco acogedor y hasta inhóspito, frío, desangelado, árido... Nuestro estado de ánimo y, por tanto, nuestra actitud al hablar en público, pueden verse afectados negativamente, con lo que nuestra cabeza no regirá con la seguridad y soltura que requiere el caso, lo que puede llevarnos a un cierto fracaso al no habernos sentido del todo a gusto.

Por tanto, informémonos antes acerca de las características de la sala y, si es posible, visitemos el lugar antes del día de nuestra intervención. Si no es posible, lleguemos con tiempo suficiente para, al menos, echarle un vistazo al lugar concreto donde vamos a hablar en público. De esa forma, si no es lo que esperábamos, si no nos gusta, si nos provoca rechazo, tenemos tiempo de asimilarlo y de echar fuera de nuestro ánimo las reacciones negativas que nos pueda provocar. Aceptémoslo con nuestro mayor sentido profesional y no permitamos que esas emociones negativas nos dominen a la hora de dirigirnos a nuestra audiencia.

Además, deberemos procurar comprobar la megafonía de la sala, si vamos a utilizarla. Comprobaremos el micrófono para saber sus características: si vamos a utilizar uno de solapa, o va a ser de pie, o de sobremesa, si va a ser de cable o inalámbrico. Y también la sensibilidad de ese micrófono, junto con la potencia de la megafonía, para saber situarnos a la distancia adecuada de forma que nuestra voz llegue perfectamente a todos los presentes con la suficiente claridad y comodidad para los oídos de nuestro público. Si el acto cuenta con un técnico, él nos ayudará a controlar todo esto.

Además del sonido, deberemos también comprobar el funcionamiento de los elementos técnicos de apoyo que vayamos a utilizar: el ordenador, el programa de presentación, si lo utilizamos (Power Point, Prezi, etc.), los vídeos que queramos proyectar, la pizarra o rotafolios que necesitemos, los rotuladores de los colores que precisemos, etc., etc. No podemos dejarlo todo a la improvisación del "sobre la marcha". No. Dediquemos el tiempo suficiente para repasar y comprobar todo esto antes de empezar el acto.

Y, por supuesto, deberemos decidir si vamos a permanecer sentados durante nuestra intervención, o vamos a hablar en público de pie, tras un atril, o delante del público, sin obstáculos de por medio y con libertad de movimientos (que, por cierto, es la forma más recomendable, ya que es la que más nivel de comunicación nos conseguirá con nuestro público). 

La media hora antes de “salir a escena” antes de hablar en público, aíslate en la medida de los posible: apaga tu teléfono móvil; por supuesto, no te dediques a hablar por teléfono, a resolver gestiones ni a responder a correos ni mensajes, ya que te distraerá e incluso te perturbará. 

Además de hacer todo lo dicho, dedica esos minutos a repasar el contenido de tu intervención, a concentrarte en lo que vas a decir y en cómo lo vas a decir. 

Haz algún ejercicio de relajación, si es que estás algo tenso. Y, por supuesto, haz un ejercicio de concentración y de pensamiento positivo. ¡Prepárate para disfrutar hablando y para hacer disfrutar a tu público escuchándote!


Y, aunque te parezca una tontería y tal vez te rías al leer esto, antes de hablar en público ¡ve al baño y haz tus necesidades! para no tener problemas y que nada te moleste durante tu intervención; recompón tu aspecto físico: ropa, pelo, corbata, repasa tu maquillaje, si lo llevas, y coloca bien también tu ropa interior para que no te moleste ni, por tanto, te distraiga mientras hablas (conozco casos); y, en el caso de los hombres, comprueba que llevas la bragueta abrochada (es algo que a muchos les tortura y les ha hecho pasar malos ratos). 

Limpia el posible sudor en la cara, que causa mala imagen, e incluso límpiate bien los dientes y la boca para que esté libre de elementos molestos a la hora de hablar. Y, por último, lleva un pañuelo siempre a mano, no vayas a tener un grave apuro delante del público mientras estás hablando. Un inoportuno estornudo en medio de tu intervención puede ser terrible si no estás preparado con un imprescindible pañuelo.

Si sigues estos consejos te ayudarás a que tu intervención al hablar en público sea más correcta y se vea libre de contratiempos que, con demasiada frecuencia, le suceden a no pocos oradores carentes de una elemental profesionalidad que les permita controlar todos los detalles de sus actuaciones públicas.

HAZ UN PEQUEÑO EXPERIMENTO. ATRÉVETE. SACA EL TEMA EN UNA REUNIÓN

Te propongo un pequeño experimento. Atrévete. Cuando estés con un grupo de amigos, familiares o compañeros de trabajo, en amigable tertulia, saca un tema de conversación muy concreto: habla del miedo a hablar en público, de lo mal que lo pasa la mayoría de la gente (tal vez incluso tú) cuando tiene que pronunciar un breve discurso, dar una charla, hacer una presentación o explicar un proyecto o una propuesta en una reunión. Pregúntales por su experiencia personal.

Apuesto lo que quieras a que la gran mayoría de los presentes reconocerán que, en esas circunstancias, lo pasarían fatal, por lo que, si pueden, lo evitarán. "¡Uy, sí, ya lo creo! Yo lo pasé fatal una vez cuando tuve que decir unas palabras en una reunión en mi empresa", dirá uno. "Calla, calla. A mí no me hables de hablar en público. Sólo de pensarlo me pongo fatal", dirá otra. Y así, ve preguntando la experiencia y las sensaciones que cada cual ha tenido cuando ha tenido que pasar por unas circunstancias semejantes. Verás cómo casi todos tienen una actitud negativa frente al hecho de hablar en público.

Es una pena comprobar cómo profesionales hechos y derechos, estudiantes universitarios, empresarios, ejecutivos, dirigentes..., no saben cómo afrontar esas situaciones con solvencia ¡porque nadie les ha enseñado!

Por eso, si quieres hacerles un favor, diles que el problema tiene remedio, que pueden superar esos temores y bloqueos, que incluso pueden llegar a sentirse seguros hablando en público en cualquier circunstancia y hasta que pueden hacerlo con brillantez. ¡Se sentirán fenomenal! ¡Se sentirán libres y dueños de sí mismos, no esclavos de sus pensamientos negativos!

Y les dices que la solución a su problema está en los cursos que Paco Grau imparte desde hace más de veinte años. Les pones en contacto conmigo y... ¡voilà! Conseguirán superarse y lograrán ser capaces de comunicar con eficacia al hablar en público. Se lo aseguro. Que prueben y verán.